Lo diremos deprisa: la situación del agua es tan preocupante
o más como la de la tierra y el aire. En 1977 la Conferencia
de las Naciones Unidas sobre el Agua, celebrada en Mar de Plata,
Argentina, evidenció la preocupación de la ONU por
los recursos de Agua Dulce. En ella se adoptó el Plan de
Acción que inauguró el Decenio Internacional del
Agua Potable. La F.A.O. la organización de la ONU para
la alimentación y la agricultura había publicado
en 1971 una distribución del uso del agua en el mundo en
1967 (70% para riegos, 3% ganadería, 5% usos domésticos,
22% industria y minería) y una previsión para el
año 2000 que suponía pasar de menos de dos billones
de metros cúbicos en 1967 a cinco y medio en 2000.
Pero todas esas previsiones se quedaron cortas porque en los años
siguientes se produjeron dos hechos: la evidencia de la explosión
demográfica y de que la "revolución verde"
había aumentado los rendimientos de la agricultura pero
a costa de un fortísimo incremento de la cantidad de agua
dulce empleada para ello.
Y además aparecieron terribles sequías. Una de ellas
facilitó un síntoma ominoso: Egipto estuvo al
borde de la catástrofe en julio de 1988. Egipto había
saltado de 29 millones de habitantes en 1965 a 33 en 1970, 41
en 1980 y 52 en 1990 (que serán 65 en el año 2000).
El 95% de su población vive apiñada en el 4% del
territorio, a orillas del Nilo. En julio de 1988 la sequía
afectó brutalmente al lago Nasser, formado por la presa
de Assuán, de 400 kilómetros de longitud. Decreció
20 metros. Las turbinas estuvieron a punto de detenerse por falta
de agua y dejar de producir los diez millones de KW/hora que suponen
la mayoría del consumo eléctrico egipcio. No hubo
que aplicar los ya previstos planes de cortes de agua doméstica,
de abandono de grandes extensiones de riego, etc, porque acabó
la sequía. Pero el susto estaba dado. El Nilo no era inagotable.
Ya el entonces ministro de A. Exteriores y hoy Secretario General
de la ONU, BUTROS-GHALI, había dicho un año antes:
"la próxima guerra en nuestra región será
por el agua".
En 1990 se celebro en Nukis, capital de Karakalpakia, el primer
simposio internacional dedicado al mar del Aral, patrocinado por
el Programa de la ONU para el Medio Ambiente. La superficie
del mar se había quedado en la mitad desde 1960 a 1990.
Y su casi billón y cuarto de metros cúbicos de agua
había caído a ser menos de medio billón.
Su nivel había bajado 15 metros. Todo ello por la faraónica
irrigación de siete millones de hectáreas para cultivar
algodón para la exportación mediante el exceso de
tomas de agua de los ríos Amur-Daria y Syr-Daria que así
bajaron drásticamente sus aportes al mar de Aral. Al retirarse
éste hasta 100 Km de sus anteriores orillas y remover el
viento la sal, se produjo una salinización extensísima
de los suelos circundantes.
En enero de 1992 se reunió en Dublín la Conferencia
Internacional sobre Agua y Medio Ambiente. Los datos manejados
fueron ya sombríos. La organización Mundial de la
Salud señaló que 1.200 millones de personas no
tienen acceso a agua limpia para la vida cotidiana y que 1.800
millones viven sin saneamiento adecuado, mencionando la oleada
del cólera en América del Sur y del Centro como
un aviso de los riesgos que implica el no disponer de agua salubre.
El Secretario General de la Conferencia de la ONU sobre Medio
Ambiente y Desarrollo (CNUMAD) advirtió que el 80% de
todas las enfermedades y más del 33% de las muertes en
el Tercer Mundo están vinculadas al consumo de agua contaminada
y que un promedio del 10 por ciento del tiempo de trabajo de cada
persona se pierde por enfermedades relacionadas con el agua.
Por su parte la Organización Metereológica Mundial
presentó un informe en el que advertía que "en
las próximas décadas los problemas de disponibilidad
de agua limpia alcanzarán proporciones de crisis en casi
todo el mundo". Recordó que en el año 2000
habrá seguramente 22 megaciudades de más de diez
millones de habitantes cada una que tendrán graves problemas
de abastecimiento de agua. Dieciocho de ellas estarán en
el Tercer Mundo y por lo menos dos de ellas tendrán más
de treinta millones de habitantes. Y que el suministro de agua
potable, cada vez menos fiable, supondrá una disminución
de los niveles de vida.
A su vez el centro de la ONU para Asentamientos Humanos advirtió
que en los países del Tercer Mundo el 85% de la demanda
de agua correspondía a la agricultura por un 5% para el
consumo doméstico y un 10% para la industria. El profesor
brasileño MATTOS DE LEMOS anunció que, cuando
la población llegue a 10.000 millones en el mundo, el 40%
sufrirá escasez de agua dulce y denunció que
la crisis global del agua preocupa mucho menos de lo que debe
sólo porque es en el Tercer Mundo donde se hace más
evidente.
En ese mes de enero de 1992 también se habló en
Dublin de la salinización de las aguas por el exceso de
riegos y el Secretario General de la CNUMAD, Maurice STRONG, denunció
que "Las aguas superficiales y subterráneas están
cada día más contaminadas por productos químicos
tóxicos; algunas de estas substancias podrían constituir
una grave amenaza durante cientos de años".
Y hablando de salinización de las aguas dulces es inexcusable
advertir el efecto que sobre ella tendría el efecto invernadero
que antes contemplamos. El problema de la crisis ecológica
actual es que es multifacética, multicausal y que sus efectos
se agravan unos a otros en una sinergia generadora de una espiral
sin fin.
Hay que recordar que en 1990 nada menos que una tercera parte
de la humanidad (1700 millones de personas) vivía a un
nivel próximo al del mar (por ejemplo: siete de las diez
ciudades más pobladas del mundo eran puertos de mar). Ahora
bien, el efecto invernadero puede provocar el deshielo de los
polos (Artico y Antártico) y de los glaciares y con ello
una importante subida del nivel del mar (un metro, dos metros
de media, que es una barbaridad). Las pérdidas en equipamientos,
viviendas, terrenos fértiles, etc, serían espantosas.
Por hablar sólo de China, dos millones de kilómetros
cuadrados de sus suelos permanentemente congelados (en Tibet,
Mongolia Interior, Ximpang y Qunghai) se disolverían. Las
inundaciones y las torrenciales lluvias costeras destruirían
incontables cultivos, la sequía reduciría a menos
de la mitad las cosechas. El mar destruiría los deltas
de los ríos Yang-tse, Amarillo y Perla y las zonas más
fértiles. Y, como en toda la línea de la costa del
planeta, una importante parte de las reservas de agua dulce
se salinizaría por infiltración del mar.
¿Ve usted?. Y eso que sólo hemos hablado de la tierra,
el aire y el agua en general, sin entrar en el ramillete
de problemas derivados. Lo que pasa es que la crisis ecológica
no es que sea pavorosa. Es que está ya en ese período
que tarda una crisis en convertirse en una catástrofe.
La crisis ecológica que hemos desencadenado amenaza
ya con eliminar la vida del planeta. No ya la vida de la Humanidad.
Sino la vida sin más.
Déjenos sólo que, a título de resumen y llamamiento,
le insistamos de nuevo en la responsabilidad que usted, en tanto
que habitante del Primer mundo, comparte con nosotros: en la del
despilfarro que cometemos con nuestro consumo.
Lo haremos usando palabras de un catalán sabio y sensato,
doctor en Biología, consultor ambiental de la Unesco, profesor
de la Universidad Latinoamericana de Ciencias Ambientales, Ramón
Folch:
"cada uno de nosotros, industrializados avanzados del Occidente europeo, consume tantos recursos, sobre todo recursos energéticos, como 100 humanos neolíticos. ¿Nos percatamos de que si toda la humanidad alcanzara nuestros estándares de europeo medio, el planeta soportaría el equivalente a una población de 600.000 millones de indios amazónicos?. Dicho de otro modo: ¿somos conscientes de que sólo la más flagrante injusticia distributiva permite que seamos cuantos somos?" (FOLCH 1990: 50).
"CREO QUE HAY QUE CAMBIAR porque lo legal se está volviendo ilegítimo....Hay que cambiar porque ya somos casi seis mil millones, de los que cuatro mil millones naufragan en un sistema que, encima, se basa en el crecimiento.....Hay que cambiar porque la imperante economía de minero, que se basa en el expolio sistemático de recursos no renovables, que no prevé amortizaciones ambientales, que no contabiliza los bienes planetarios fundamentales (el aire, el agua, el suelo) no es proyectable a los tiempos de nuestros nietos" (FOLCH 1994: 2)
"lo importante no es gastar cuando se quiere, sino disponer
de cuanto se necesite... La Unión Europea, y Occidente
en general, está en condiciones de vivir mejor con la mitad
de lo que consumen ahora" (FOLCH 1996: 14)
El criminal despilfarro de la diversidad biológica del planeta
nos pone a todos en peligro.